Boys Noize y las lógicas de la pista de baile

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Por @RaiKa83

Una de las virtudes de la música electrónica bailable es que, con el paso de los años, los embates de las modas y los giros radicales en el uso de tecnologías, orillan de cierta manera tanto a los músicos como a los amantes del beat a escarbar lo mejor y con más gusto, ya que el house o el techno son subgéneros en los que abunda la repetición, escasea la voz propia entre artista y artista, y el refriteo o la remezcla se gasta fácilmente.

El pasado sábado 1 de septiembre regresó a nuestra ciudad el productor y DJ alemán Boys Noize, una de esas pocas propuestas que han logrado mucho en poco tiempo, amén de su extrema pericia para derretir los lugares en los que se presenta con sudor y baile: apenas con treinta años ya es referente de la pista en todo el mundo, tiene su propio sello que es sinónimo de calidad, y en tan sólo cinco años se ha ganado la atención de los “ellectric heads” que gustan de las fiestas kilométricas estilo “rompan techo”.

El Auditorio BlackBerry fue la sede de una visita más de Boys Noize a nuestro país, la cual contó con la presencia el dueto mexicano W.O.L.F. para abrir apetito. Las puertas abrieron desde las 21:00 horas y las ganas de fiesta se sintieron de a poco en el ambiente, pese a los handycaps en contra que eran evidentes: el exceso de seguridad parecía excesivo, casi no se vendieron boletos, los medios regalaron casi a granel y también se pusieron en promoción. Pese a la calidad innegable de Boys Noize, no es un artista por el que muchos pagaríamos 500 pesos para verlo en la mitad trasera de la pista general, después de la zona VIP.

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El set de W.O.L.F. cumplió su cometido con lógico decoro: prender la noche, aunque hubo varios momentos en los que se sintió extenso, como una noche “antrera” más, pero de alguna manera ése es un común denominador en este tipo de eventos: saturar de sets de media tabla la noche para que se mezclen perfecto con el alcohol, así para cuando llega el estelar uno no puede percibir si el sonido está mal, si el set vale lo que pagamos por el ticket u otros detalles en los eventos que estando enfiestados se distorsionan. Tal vez ahí esté el negocio.

Y el asunto no me parece poca cosa, ya que las noches electrónicas -hay que decirlo- son momentos plagados de alcohol y drogas (me preguntaron varias ocasiones si “no tenía algo que venderles”), y si bien W.O.L.F. no lo hizo mal, no es a quien la gente había ido a ver, se extendieron demasiado, les chiflaron en tres ocasiones, pero la programación difícilmente cambia.

 Casi cinco horas de solo un dueto, si sólo mezcla hits del momento de forma cumplidora, no bebes y no te drogas, seguro estarás al tope de tu paciencia para ver a Boys Noize, entonces de alguna manera también hay ganancia, porque cuando el alemán salió, cerca de las 2:30 horas de la madrugada del domingo 2 de septiembre, todos se conectaron de forma inmediata, el cambio fue evidente: los visuales, las luces, el mejor sonido y el set poderoso y machacón del sonido despertaron al BlackBerry para dar paso a lo que fuera una de las noches más reventadas del año en la Ciudad de México.

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Alexander Ridha sabe muy bien de qué va un buen mix y una noche imparable de baile, sudor y diversión: bajos de tamaños mamut, beat salvaje pero acompasado, pocos cambios extremos que lo diferencian de los DJs del montón de fiestas kilométricas. A todos se les veían felices, el alcohol corría como agua y las chicas lindas con ojeras y ojos desorbitados se movían sensualmente, todos los elementos estaban en su lugar, la promesa se había cumplido pese a la escasez de sorpresas. Una noche rica, poderosa, cumplidora, con cañonazos del momento y un par de regalos para los pacientes fans del house más selecto. Boys Noize entabla shows con organizadores que entienden las lógicas de la pista de bailes, se va a la segura, no experimenta y arma fiestas que no son baratas, se junta con quien sabe hacer negocio redondo con la venta del alcohol, el ahorro en show en detrimento de un ambiente fiestero, de antro, al que nadie repela. Fue una noche más, de esas poderosas en las que uno se la pasa bien y sale aturdido del poder del baile y con la sonrisa discreta de formar parte del clan nocturno citadino.

Fotografías de Miguel Ángel Luján

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