Ese tacón, esa extensión de belleza

Si un tobillo desnudo y un tacón no dejan de atormentarte, sin duda es sinónimo de seducción.

Según mi percepción (y si no es así, por favor, dígame qué piensa) las mujeres usan los zapatos con dos grandes fines. El primero es verse más linda para seducir al sexo opuesto o al mismo sexo,  y segundo, quizás el más importante, como un símbolo de poder. Así es, mientras más alto el tacón es más grande la necesidad de obtener esa visibilidad, ese reconocimiento, esa necesidad de poder.

Su simbolismo me fascina, la forma en que una mujer actúa con sus tacones me atrae de sobremanera. Una señorita cambia por completo y pareciera que es la única forma de verse y sentirse única.

Recuerdo una reunión en específico. Viaje a Monterrey, en esa zona regia donde la mujer de negocios es totalmente estilizada. Nos encontrábamos en una sala de juntas enorme, donde las mujeres predominaban y una noche antes imaginé que las mujeres de negocios caminarían entre el poder, la altura y la fragilidad; por lo tanto, debía presentarme como Martha “Stilettos”.

Al llegar, cuál fue mi sorpresa. De las cuarenta personas hablando sobre una empresa, sólo el diez por ciento eran hombres y de esa dominación del sexo femenino sólo una mujer, la directora, se deba el lujo de no usar stilettos y limitar su arreglo.

Por eso mejor canto con BRONCO “Con zapatos de tacón las nenas se ven mejor…

Con zapatos de tacón se mueven

como programadas para coquetear,

con zapatos de tacón se mueven

y sus movimientos nos hacen babear.

Para coquetear se usa una linda sonrisa, para seducir se usa un par de tacones…

Diría un amigo “A los hombres les gustan con tacones, si vas a hacer negocios, piensa que les gustan las mujeres débiles y tontas”. Obviamente, primero me escandalicé; sin embargo, pensé detenidamente y encontré el sentido.

Una mujer sobrevive a este mundo siendo inteligente al adaptarse a cada situación. En nuestro mundo la ley del más fuerte es clara, el débil muere; pero en nuestros tiempos traducir esta idea nos queda corta. Se trata de utilizar la belleza como una herramienta, no perdonar la vulgaridad y hacer de la elegancia quizás lo más grande.

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Es cierto, un joven ve atractiva a una chica con esos sancos tan incómodos que te impiden caminar, pues necesitará de ayuda para poder hacerlo; y quién más indicado para extender su brazo que ese joven y por un momento cumplir la fantasía de sentir ese anhelo de tener a una chica atractiva y ese pretexto; sin embargo, todo va más allá. Este simple contacto entre querer ser bella y apoyarte en su brazo es sumamente complejo, más no complicado.

Desde La Cenicienta, Doroti en El Mago de OZ los zapatos poseen un simbolismo fundamental, te convierten en la princesa o te dan la oportunidad de regresar a casa; jamás lo he creído.

Esto me recuerda al Complejo de Cenicienta “Sólo hay un camino hacia la liberación femenina, y parte desde el interior – escribe Colette Dowling en su libro el Complejo de Cenicienta-. La dependencia psicológica es la principal fuerza que nos mantiene sujetas”. Es el  “simple miedo de nosotras hacia la independencia. El deseo de ser cuidado, mimado y nos haga sentir seguras”.

Si esto lo relacionamos a nuestra intención de usar stilettos, podríamos sacar miles y cientos de conclusiones que bien pueden ser tratadas sobre un diván mientras el experto nos cuestiona sobre nuestros deseos e inseguridades; pero como yo sólo escribo lo que veo, me pregunto: ¿Y luego?, ¿Qué pasa?, ¿Después de quitárselos se acabó el encanto? Así es, se terminó. Nos duelen los pies, salen callos y una que otra ampolla. Triste pero cierto. Sacrificamos nuestro cuerpo por nuestra imagen o peor aún, sacrificamos nuestro yo, por los demás. ¿Y al final qué obtenemos? Una ilusión simple y vana.

¿Dónde quedó el sentido de la comodidad? ¿Dónde quedaron esos Converse para ir a una fiesta? Pues no estimado lector, la mayoría de las mujeres ha optado por los flats para caminar.

Un zapato sólo es un simple objeto, una cosa; pero hasta las cosas guardan cierto destello tan único que permite a la mujer regodearse entre ellos, sentirse única, porque son suyos, porque a pesar de que existe un zapato igual a otro, no existe mujer igual a otra.

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Leyendo la Apología de las Cosas, rescaté este fragmento:

“Las cosas guardan, a pesar de sus enormes diferencias, semejanzas: son enseres de la vida y para la vida. No hablan pero tiene lenguaje; pasan desapercibidas pero ahí están; no son imprescindibles pero sin ellas la vida se estanca. Buena parte de los días depende de esas cosas (las de siempre) y de otras cosas (las ocasionales)”.  

(Puede consultarlo http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/apologia-de-las-cosas)

Aunque no lo crea, el tacón se luce, se disfruta, se pasea. “Y si se toma el tiempo de pensarlo, aunque las cosas no hablan, tienen lenguaje. Quien las mira, rememora; quien las toca, las dota de ideas y palabras”.  Es esa conexión entre la idea de verse bella y estar siempre caminando a paso firme. Entre lo corporal –una pierna- y lo espiritual –una belleza-. Estamos tan inmersos en las situaciones, tan ávidos de encontrar a ese alguien que cumpla y satisfaga todas nuestras necesidades qué utilizamos falsas imágenes de lo que queremos y deseamos.

Y a pesar de eso, me declaro fan de esta idealización, de la actitud femenina al usarlo y del receptor varonil al verlo, al querer tocarlo, al mirarlo y sólo suspirar. Soy fan de ese poder magnetizante que sólo me quedan dos opciones: La primera, rendirme ante la imagen. Segunda, descartarlo totalmente o porque no, (agregaré una más) tercera, usarlo como esa extensión de elegancia y belleza.

Es sólo una cosa con diversas medidas desde dos, seis, diez y hasta quince centímetros de altura y que el mundo nota. “El tamaño también importa”, dirían algunos. Bien he escuchado la voz de un hombre al respecto y decía “Cuando mi compañera trae tacones quiero cogérmela. Veo su pierna sexy, morena, torneada, esa piel desnuda que cuando camina pareciera me marca la línea para seguirla y seducirla porque automáticamente todo su cuerpo cambia y sólo veo esas lindas piernas, esas lindas nalgas, pero ¡Ah!- se enoja- ¡Todo lo mata cuando al final se pone sus zapatos feos!”.

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