La chaviza quiere ruido: los jueves son de noise en el Aural

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 Por Ricardo Pineda (@Raika83)/Fotos: Miguel Ángel Luján

Suele decirse con frecuencia de los jueves de rock-noise de Aural: “del 1 al 10, ¿qué tan sordo quedaste?”. Los altos decibeles, sonidos rabiosotes y las propuestas más vertiginosas, suelen ser la carta fuerte y con un mayor aforo juvenil dentro del marco del festival Aural. Pese a que el Casino Metropolitano del Centro Histórico no se encontraba a su máxima capacidad, la noche del jueves 20 de marzo no fue la excepción y registró uno de los conciertos más ruidosos en la historia del DF.

Para abrir apetito, Monosodic llenó de ruido podrido y cochambre compacto los oídos de los escasos primeros asistentes. El proyecto de Marcos Hassan (guitarrista y vocal de Words) hace ruido a lo cabrón, sus canciones son lacónicas pero contundentes, incomodó a varios oídos vírgenes y fue un inicio lógico, a la altura de los tres monstruos que vendrían después de él. Se agradece que el humor esté presente en el noise y el rock, al igual que un desparpajo y espontaneidad. Monosodic suena incorrecto y con unas ansias terribles de joder oídos. Eso, algunos lo agradecemos, ya que se puede emplear con soltura y comodidad el término “mugroso” sin temor a sobreinterpretaciones.

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Directos de Argentina, y con la sala ya caliente y más atenta, el trío Coso se trepó a la tarima para hacer lo suyo, una colección de canciones machaconas y roqueras, que maman del rock más New Wave de New York, a la DNA, Talking Headas y Sonic Youth, pero también con un concepto más conciso y desfragmentado. Nos recordó que lo que fue MoE de Noruega el año pasado en El Nicho Aural, Coso lo hizo en sentido inverso la noche del jueves. Muchos quedaron complacidos con la actuación del trio de bajo, guitarra y batería contundente, con su actitud punk arriba del escenario y un tanto faltosa abajo. Para varios fue la revelación de la noche.

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Para cuando Black Pus tomó el control, los tapones para los oídos que vendía El Nicho Experimental ya se habían agotado. El ruidosísimo baterista de Lightning Bolt, Brian Chippendale fue con toda la distorsión, volumen y energía inagotable para acribillar a mil por hora su batería. El frenetismo de la gente iba alimentándose, como dando pequeños bocados a la bestia para que “hiciera más hambre” en lo que llegaba la presa principal. Muchos oídos reventados y caras felices indicaban que la noche iba por buen camino, pese al pegostioso calor, los tempranos dolores de cuerpo derivados de la intensidad y el audio que a ratos parecía un tanto difícil de domar para que estuviera en óptimas condiciones.

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Con la resistencia que da el cuerpo de los veinteañeros hasta el frente, resistiendo de forma guerrera, y con los treintañeros de fondo, nostálgicos del fabuloso álbum Charlie de 1998, Yasuko y Agata de Melt Banana se treparon al escenario del Casino Metropolitano, para darle su “repasón” al público que por segunda ocasión estaba ahí para echar el slam macizo a fuerza de vértigo, ruido y distorsión guitarrera con maestría.

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Legendarios, con colmillo y poderosos dominadores del escenario, Melt Banana dieron muestra de clásicos y algunos temas de su flamante Fletch (2013), onceavo disco de su carrera. Un setlist preciso y contundente, que la mayor parte de la noche fue arriba, sin tregua, sin escalas y sin baterista físico, cosa que causó incomodida entre quienes querían ver a un tipo darle grueso en vivo a los tambores físicos (¿no tuvieron con Black Pus?). Sin embargo, el tono generalizado fue de aventarse, lastimar el oído, ir a tope extremo en una de las noches más ruidosas, rockeras y contundentes de Aural. El penúltimo concierto del festival estuvo en su correcto lugar, en un venue que ya está siendo clásico y que alberga los sonidos más potentes del DF, aunque sea algunas veces por año. Melt Banana no ha perdido un ápice de frescura, y la noche ruidosa rockera de Aural, si sigue así, seguirá joven por muchísimos años más. Los oídos qué, al cabo la chaviza siempre pide más noise.

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