Lo bello y lo triste de Mono (o cómo sonaría una novela de Kawabata o la ópera prima de Lars Von Trier)

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Por Yara Salgado | Fotos: Heber Cannet

 

El cuarteto de Tokio formado por Tamaki, Yasunori Takada, Takaakira “Taka” Goto y Yoda, se presentó el pasado viernes en un Plaza Condesa semi vacío, ofreciendo un concierto que apenas llegó a la hora y media de duración, lo cual dicho sea de paso, es un lapso más que suficiente para disfrutar la propuesta de estos japoneses sin que el gozo cese ante una invariable monotonía.

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Sobrios el escenario y la vestimenta de los intérpretes. Una escenografía negra sin ningún tipo de aditamento más que los halos de luz en tonos turquesa y morada, en su mayoría. Abren con “Yearming” en esta atmósfera cuasi mortecina y, poco a poco, algunos fulgores  rojos y amarillos acentuaban los puntos álgidos de las melodías,  como sucedió al momento en que tocaron “Ashes In The Snow”, solo para recordarnos que un show elaborado o saturado de recursos, no necesariamente es más disfrutable.

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Los aleatorios intervalos de volumen remarcaron la esencia nostálgica de “Halcyon”, y es aquí donde comencé a hacer el ejercicio odioso de paralelismo tratando de ubicar dónde esa dramática fuerza que le imprimen a cada una de las piezas, es parecida o similar en otra banda. Como ya es sabido por muchos de sus fans, este cuarteto formado en Tokio estuvo apadrinado ni más ni menos que por John Zorn bajo su sello discográfico, Tzadik, lo cual los posicionó en la cult zone e hizo crecer las expectativas de los melómanos que recibieron con harto beneplácito el Under The Pipal Tree (2001), su primer álbum.

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Escuchar a Mono, más que remitirme a bandas como Mogwai o Godspeed You! Black Emperor (lo cual aseveran fervorosamente los “expertos”, como para convencernos de que de verdad están hermanadas musicalmente), evocó en mí lo metódico y milenario de la cultura nipona en su expresión más moderna. Esa atmósfera única y mínima que logran crear sus piezas, se ven coronadas con una interpretación sin ningún alarde innecesario, misma donde emergen y conviven lo bello y lo triste en una dimensión equilibrada, como en aquella épica novela de su compatriota Yasunari Kawabata, o en Rompiendo las Olas (1996) de Lars Von Trier, película que Takaakira Goto reconoce como una de sus grandes influencias a la hora de componer las rolas.

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Y, como las comparaciones son molestas pero inevitables, me veo obligada a decirles a qué “me sonó” Mono: Sigúr Ros, My Bloody Valentine y hasta Sonic Youth en sus momentos más melódicos (claro, sin voces). Que quede claro que la que aquí suscribe, no es musicóloga ni cuenta con ningún tipo de expertisse en la materia y que, más que un juicio de valor o una crítica, lo anterior responde a un simple juicio de apreciación.

 

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