Lou Reed, la devastadora belleza

Lou Reed

Por: Karina Almaraz

¿Ven esa mirada, tan sacadora de onda, como triste, como vacía, pero con una chispa detrás? Las drogas no la hicieron así, fue lo que lo llevó a las drogas lo que la formó, así que por favor no crean en frases como esta, que leí en un periódico de esos que hacen notas por destajo y no por amor: “Y es que tras años de luchar contra su adicción al alcohol y las drogas…”, porque hay cosas en el mundo peores que el alcohol y las drogas y a veces no se lucha contra ellos: son un aliado en la vida.

¿Que no hay nada peor que ser un drogadicto, que cuál situación te podría hacer necesitar las drogas para estar bien? No sé, güey, a lo mejor que tu familia descubra que eres bisexual y en lugar de aceptarte, te mande a una terapia de electrochoques pa’qué te eduques a los 14 años. Alguna vez Lou Reed dijo que los electrochoques que le daban eran una vibración que sacudía tu cuerpo y llenaba tu mente con una luz blanca. A Legs McNeil le dijo, cuando lo entrevistó para Please kill me, que el efecto de esa “terapia” te hacía perder la memoria y te convertía en un vegetal. Ahí tienen, el origen de su mirada y de todo Lou Reed.

Todo: esa sensación de ser una rechazado y entonces ir a dónde habitan los rechazados: un inframundo donde todas las reglas habían sido descartadas o reescritas -gay, drogadicto, narcisista- (McNeil dixit), el inframundo que Reed cantó como si en lugar de música hiciera literatura, objetivo que se trazó muy joven: “traer la sensibilidad de la novela a la música rock” o escribir “la Gran Novela Americana” en un disco. Mostrar, no decir (Reed dixit).

Reed, cuya familia de verdad luchó por quitarle lo queer, terminó inaugurando para el mundo un arte –arte: esa forma tan hermosa de sacar la basura- inspirada en la transgresión de la identidad de género. El bisexual mayor, sin el cual no tendríamos el video de Brown Sugar de los Rolling Stones o toda una etapa de David Bowie. Algunos lo quieren hacer el padre del glam rock, pero no había glamour en Reed, no hay glamour en la honestidad; el glamour es producción y él sólo abrió la puerta para mostrarse tal cual era, sin jugar a ser otra cosa para el público ni para nadie.

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Nacido al mundo musical en 1967 con el disco The Velvet Underground and Nico, producido por Norman Dolph y John Licata bajo la supervisión de Andy Warhol (lo que sea que eso signifique), desde el primer momento Reed fue en contra de lo establecido. En pleno verano del amor, él y su banda aparecen con un disco oscuro que muestra las perversiones sexuales desde la portada: una ¿sutil? banana que ocultaba un falo. Y así siguió, cantando sus traumas del modo que le viniera en gana, como cuando RCA, su disquera, le pidió crear otro disco como Transformer -su segundo disco solista, el sexto de su carrera y con el que por primera vez alcanzó éxito comercial. Sólo por no hacerle caso a nadie, en lugar de un disco comercial hizo el Metal Machine Music, ese disco que puede parecer un montón de ruido o una obra maestra.

The Velvet Underground and Nico es considerado el disco más influyente de la historia del rock. “Sólo vendió 250 copias, pero todos los que compraron una corrieron a formar una banda”, dicen que dijo Brian Eno al respecto. Voy a decir un cliché, una obviedad: ahí ya estaba toda la obra de Reed, que es su vida, o al menos sus temas centrales: la homosexualidad, las drogas –no como sufrimiento ni celebración, si no como son cuando constituyen la vida habitual de alguien- ese intento de responder quién es uno buscando en el lugar menos indicado: los reflectores de la famita, las fiestas, el alcohol, el fetichismo y todas esas cosas que habitan una metrópolis de noche. Y el amor. Y lo culero que es el amor.

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Tan contenía a Reed ese disco, que se murió un domingo en la mañana, como esa canción que parece que alguien cantaría al final de algo, cuando la luz aparece para iluminar una larga y excesiva noche.

Considerado un músico menor, cuyas cumbres musicales las alcanzó trabajando con John Cale, formado musicalmente en la Universidad de Londres, nadie discute que logró su objetivo de contar historias,  de representar lo que vivía en sus canciones. A través de sus letras nos mostró su inframundo hip, uno que todos saben que existe, pero siempre voltean para otro lado para no ver a sus habitantes.

Lou Reed: ese saber que había lugar en el mundo para alguien como yo. Y como tú, al que le dijeron “gordo”, a la que le dijeron “loca”, al que le amarraron la mano izquierda por zurdo, al que le gritaron “puto”. A ti, que te dijeron que haciendo lo que querías hacer te ibas a morir de hambre, que si no te gustaba la televisión no la vieras y que qué pinches canciones tan culeras escuchas. A todos los que fueron señalados con el dedo tanto, tan cerca, hasta traspasar la carne. El inframundo está en todas partes.

Y ahora que ha muerto hay que dar las gracias por decirnos que a pesar de todo, se debe existir. Gracias gente cuadrada que discrimina, que les dice a los otros lo que deben ser, que es capaz de infligir dolor a los que no son como los demás para “moldearlos”. Gracias, estupidez, por someter a un alma como la de Reed al rechazo más doloroso que existe en el mundo: el de la propia familia.

Gracias, Lou Reed, por transformar en devastadora belleza ese dolor, por pintarles un dedo en la cara con cada canción.

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