Más allá del tiempo y la percepción. Caifanes en el Palacio de los Deportes

Foto cortesía Ocesa / Fernando Moguel

¿Desde cuántos ángulos puede reseñarse un concierto de una de las bandas de rock más populares que ha dado México? ¿Cómo no caer en las injusticias de la observación y la percepción? Caifanes tiene demasiados fans, muchos, furiosos y bien fieles, aguerridos; lo mismo corean los temas de Jaguares que conocen las canciones solistas de Sabo, Diego, Alejandro, Alfonso y Saúl.

Hace un par de años, Caifanes anunció su regreso a los escenarios, el primero formalmente como banda tras más de diez años de silencio y rencillas. No sabemos si fue el ser espiritual de Saúl Hernández, los padecimientos de Alejandro Marcovich o la nostalgia con el hambre de negocios, la que reunió a la que fuera la banda de rock mexicano más grande de su época.

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Foto cortesía Ocesa / Fernando Moguel

Reseñar un concierto de los autores de El Silencio y El Diablito parece hoy en día, y para una amplia mayoría, un anacronismo, una forzosa dicotomía anquilosada en la que hay que irse o por el halago, o la sorna. Hablar bien de Caifanes en los circuitos avant y trendy parece una ofensa, una pose mal impostada o una chabacanería que se refuerza además ante la ausencia de material nuevo. Hacerlo en sentido negativo dentro de los circuitos de café rock y “célulos que explotan” es como escupirle a las deidades más sagradas ante los fanáticos religiosos más radicales.

Tenía curiosidad de ver a Caifanes por un par de cuestiones, principalmente el hecho que de pequeño, como muchos, era lo único que escuchaba, además que el segundo concierto de mi niñez (1993) fue precisamente de los autores de “miércoles de ceniza”. Entonces la nostalgia me trajo, como a muchos.

La segunda mitad de los noventa agarró a Caifanes completamente crípticos y gastados: la vanguardia, las letras oscuras y las analogías abigarradas habían sido menos poderosas que los conflictos legales, la lucha de egos, el desgaste de la voz de Hernández y la partida de músicos de gran aporte creativo como Diego Herrera y Alejandro Marcovich. Por eso el show de la noche del domingo 23 de junio fue un tanto especial, se venía a decir adiós a otro ciclo, uno en el que el hambre de revival había sido saciado, momento ideal para ver a Caifanes según yo, ya que los muy fans, los muy gritones, los de siempre, ya habían visto hasta decir basta a su grupo favorito desde hace dos años. La gira llegó a su fin y había aire y tiempo para ver las cosas con un poco de perspectiva.

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Y acá estaban los cinco otra vez, como si de 1992 en el Palacio de los Deportes se tratara, más viejos, sí, pero en buena forma. Algunos de sus integrantes se perciben más refinados en sus instrumentos (la manera en la que Diego Herrera y Alfonso André han conservado su nivel de ejecución es digna de mención),  Marcovich da la imagen de que pese a una etapa difícil en su vida que ha durado décadas, sigue manteniendo al lado de Herrera ese sonido que los caracterizara, aquella mezcla efectiva de guitarra punteada con sabrosura mexicana, lo más oscuro de los ochenta; lo más grasoso de Caifanes, vaya, elementos que fueran extirpados o trastocados para dar pauta a un discurso espiritual y ecologista que a la postre se convertiría en Jaguares, con todo y Sabo Robo impecable y pop al bajo por una buena temporada y un Alfonso André sin tanto brillo.

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Foto cortesía Ocesa / Fernando Moguel

Quizás, más allá de los gritos, del discurso de unión y hermandad de Hernández, la sobreexposición de la marca -a muchos, Caifanes nos dejó de gustar porque por muy bueno que sea algo, repetido mil veces pierde brillo, crecimos, ampliamos el panorama musical, etc.-, y, ¿por qué no?, las poses y las modas, Caifanes siguen ahí no sólo por un ejercicio burdo y masificado de nostalgia.

Ya más de uno ha mencionado que Caifanes empata mucho con el ser del mexicano: triste, melancólico, azotado y dado al drama, intrincado en su discurso y barroco hasta en sus formas más elementales. Ergo, los conciertos dados este pasado fin de semana (y toda la gira que los precedió) ha sido un rotundo éxito, sin importar el sonido siempre mejorable y a veces sufrible del Palacio de los Deportes, sin importar lo desafinado o el bajo rango vocal de Saúl. Lo único que importa en los conciertos de Caifanes es algo que no es poca cosa, una identificación que trasciende la manera de interpretar, tan leñera y contundente de Marcovich, rebasa también tendencias y discos inconsistente. Son “Los dioses ocultos”, “Afuera”, “Miedo” y “Aquí no es así” las cosas que verdaderamente importan.

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Para la satisfacción de quien alguna vez fuera fan y hoy los ve de forma extraña, ajena tal vez en esta suerte de reseña anticlimática, queda el recuerdo de la noche mojada de un domingo particular, un abanico de temas que no fueron sobreexpuestos, que no son hits pero sí canciones de renombre, temas que, al igual que Marcovich y Herrera, mantienen ese sabor antaño, gastado, mugroso y abigarrado que alguna vez hicieran lucir de forma espectacular la voz e interpretación de un Saúl Hernández en plenitud.

Creo que la verdadera grandeza de un grupo trasciende el griterío, la nostalgia y la unión de generaciones, terreno en el que Caifanes son amos indiscutibles. Para el reseñista aquí atribulado, “Hasta Morir”, “Sombras en tiempos perdidos”, “Mariquita, “Vamos a hacer un silencio” y “Estás dormida” fueron las joyas oscuras de la noche. El semblante serio de Marcovich y la sobria emoción y alegría de un grupo que pesa más que cualquiera de sus partes, más que cualquier nostalgia barata o reunión de moda, es el cierre perfecto de un círculo que nada tiene que ver con conflictos legales, conciertos en masa y entendederas del éxito. Y eso, insisto, no es poca cosa.

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