Mono en El Plaza Condesa: las reglas del culto y el gusto

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Fotos de: Ale Arteaga

¿Aún les dicen grupos de culto? Ya saben, a esas bandas poco conocidas y de nicho. La subjetividad y el paso de los años les da la razón a esos grupos y los avala como una “gema poco conocida”. Ahí están Velvet Underground, Nick Drake, Bern Janscht, Fairport Convention, The Zombies, entre muchísimos ejemplos más. Sin embargo, la verdad sea dicha: pocos conjuntos son sin querer realmente innovadores o se percibe el sentimiento de injusticia al haber pasado tan desapercibidos en su momento. Por ejemplo te preguntas por qué pese a su popularidad y gran aceptación, grupos como Morphine no triunfaron más en sus años. Pero por otro lado vez como bandas de noise como Wolf Eyes no tienen ni tendrán un público realmente masivo, y lo entiendes. Vamos, ni todas las bandas exitosas son un bodrio poco original, ni todos los discos difíciles de encontrar con nombre abigarrado son buenos.

En algún momento, la coyuntura o la persona que los redescubre suele ser más importante que el grupo mismo. Pero insisto, como a Fidel Castro, la historia se encarga de absolverlos o delegarlos al olvido y el desinterés. Me imagino cómo se han de sentir los fans de hueso colorado de Candlebox o los Crash Test Dummies. No es fácil.

Reza el adagio clichetero que en gustos se rompen géneros. Y llega un momento en que la discusión de si una banda es buena o no, queda de lado y sólo sirve para las discusiones bizantinas. Algo raro le sucede a la banda japonesa Mono, quien estuvo de visita en nuestro país por segunda ocasión este sábado 27 de abril en El Plaza Condesa, después de aquel mítico concierto en el Poliforum Siqueiros en 2009.

Varias cosas creo que hicieron que el concierto de la noche del pasado sábado fuera especial para los asistentes que apenas y llegaban a la media capacidad del recinto: el estatus de Mono como banda de culto. Desde que salió su segundo disco bajo el sello avant garde de John Zorn, Tzadik, el inolvidable Under The Pipal Trees (2001), la banda integrada por  Tamaki, Yasunori Takada, Takaakira “Taka” Goto y Yoda ha venido grabando con relativa regularidad, manteniendo una base de fans que los ha visto crecer y capitalizar el sello de casa: composiciones extendidas, emotivas y dramáticas de estructura similar, en donde la pared de sonido a través de las guitarras y el volumen hacen invariablemente su aparición.

Otro punto a considerar es aquel concierto de 2009, donde el disco Hymn to the Inmortal Wind sonó épico, y le dieron otro sentido a lo que conocíamos como postrock. Muchos comparan a Mono con Mowai o Godspeed You! Black Emperor, pero lo cierto es que Mono es menos versátil y complejo que las bandas mencionadas. Lo de Mono es bien emocional, menos abstracto, en algunos discos podría decir que hasta pop. Sin embargo, ese es su chidte: épica, emoción, drama, estructura lineal, progresión, in crescendo, instrumentales, melódicos. Son una buena banda.

Desde ese punto, y tomando en cuenta que el disco número diez en estudio de la banda japonesa dista mucho de ser un mal disco, todos los elementos estaban puestos para que el concierto en El Plaza fuera memorable de nueva cuenta. Sin embargo, hay que decirlos: los fans lo disfrutaron mucho, había varios más encantados, pero la monotonía también tuvo su lugar.

No es que haya sido una mala noche. Mono es una muy buena banda de media cancha, y eso a veces al fan le resulta duro escucharlo. El grupo es repetitivo, premeditado y en determinados puntos, plano: primero entran lento, siempre emotivos y dramáticos, con una avalancha que va haciéndose ruidosa y épica a más no poner. Ahí creo que radica su onda, es una especie de los que prefieren a los Ramones sobre The Clash o el sonido Estéreo sobre el Mono. Todo argumento se cae ante una máxima: me gusta o no.

Creo que la noche del sábado fue especial porque a los que les gusta mucho Mono saben lo grande que es un disco como You Are There (2006), y escucharlo en vivo es el no va más del rock instrumental. Mono es una banda de culto, con un séquito de fans medianamente nutrido, una carrera de más de diez años y un sonido en vivo impecable, melódicamente ruidosos, y poderosos en sus puntos más álgidos. Por eso algo es de culto; no es para todos. No es para el tipo que se la pasó haciendo chistes clichés de japoneses, no es para los tipos que antreaban entre cervezas, como si de Molotov se tratara, y no era para quienes les aburre escuchar hora y media de post rock espolvoreado en nueve piezas prolongadas.

Placer de pocos. Mono es una gran banda, pero sólo el big picture que otorga el tiempo develará qué tan trascendente es lo que dejó con discos como el más reciente To my Parents, el cual, a mi juicio, funciona mejor en estudio, que en vivo. Mono suena fenomenal en directo, y el disco en vivo con orquesta que tienen en su haber lo demuestra, pero la fórmula que traen, insisto, puede llegar a ser predecible y monótona, incluso con todas las bondades que otorgan los monitores y la cercanía del público.

 

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