Rumbo al Corona Capital 2014: Damon Albarn y la apología de un pésimo actor

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Por Ricardo Pineda

Nadie pudo detener el paso del tiempo, sobre todos los treintañeros que aún se entusiasman con las leyendas del Corona Capital 2014. Las chavas ya no son un saco excitante de hormonas; ahora son madres de clase media que trabajan y se cansan seriamente con los tacones altos. Algunas veces, cuando llega la quincena, van a un “antro” (ese concepto que va a la baja) y no necesitan más que “Boys and Girls”. Es increíble que las cosas perduren de esa manera y que un grueso importante que ubica el nombre de Blur sólo ubique esa canción. Es chocoso, al tiempo que resulta genial.

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A Damon Albarn se le acabó la juventud física, pero no así la creatividad, se le fue el brío y a cambio se volvió más humano y sensitivo, dejó de lado las chiquilladas del britpop y volteó a ver el mundo sin ser un héroe mediático tan palpable como Bono o Chris Martin. A mediados de 2003, previo a la separación de Blur, Albarn se veía aburrido en vivo, cantaba “Song 2” y “Boys and Girls” con una parsimonia y desgano dignos de Kurt Cobain cuando se le hacía cantar “Smell Like Teen Spirit” hasta el hartazgo. Parecía que la batalla la había ganado Oasis, demostrando que la guitarra y el desmadre era asunto de hooligans aferrados y malcriados, y no de un pop que evoluciona y se perfecciona al grado de obra maestra (13, 1999).

A sus 46 años parecería que el mejor material del británico Damon Albarn está por venir, no sólo por la aparición de su material en solitario o su próxima visita al Corona Capital 2014. La disolución momentánea de Blur, tras la salida de su espléndido guitarrista Graham Coxon, trajo consigo la libertad de un Damon inquieto, creando uno de los conceptos más interesantes del mundo del pop, haciendo realidad el sueño de The Beatles tras su excesiva fama y las giras extenuantes a mediados de los sesenta. Gorillaz nació en 1998 y su primer disco vio la luz en 2001, el “genio” de Albarn permeaba todo el universo animado y colorido de Gorillaz, grupo virtual que parecía tenía una gran conexión con los infantes y con otro tipo de público que ya no pertenecía al séquito de fans de The Verve, Travis o los mismos Oasis, sus acérrimos némesis musicales.

Atrás se quedó la guerra de declaraciones en NME y demás tabloides ingleses, Damon Albarn apostaba por diversificar y explorar sus capacidades artísticas con músicos de Cuba y África o raperos consagrados, forjando su figura como músico serio e importante para la cultura de finales del siglo XX y principios del XXI. ¿Hubiera pasado lo mismo si Albarn se hubiera enfocado a estudiar actuación en el London Drama College East? ¿La fama se habría convertido en una modalidad más amable y soportable? Damon parece ser el héroe musical de la clase media, el justiciero de aquellos que logran lo que quieren con sólo proponérselo.

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Foto cortesía Toni Francois / El Plaza Condesa
Foto cortesía Toni Francois / El Plaza Condesa

La idea del artista completo apareció justo al final aparente de las cosas. Albarn ha estado enamorado por la vía artística y triste (la bella Frischmann de Elastica), etapa que parece cerrar un ciclo con “Beetlebum” (Blur, 1997) y sobre todo con esa oda al rompimiento que es “No Distance Left to Run” (13, 1999). Borrón y cuenta nueva; Albarn finaliza los noventa sin muchas ganas de seguir haciéndole el caldo gordo al britpop, con chica nueva y su estreno como padre, a la cual llama Missy, como la afamada rapera. En ese entonces, Albarn se sube al tren de la apertura musical y explota como ser prolífico, demostrando que no importa el tamaño del imperio construido, siempre y cuando se pueda edificar una casa honesta de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. Al respecto de la correlación entre ser un artista y padre, Albarn declaró en más de una ocasión que tener un hijo implicaba para él, una transformación que lo hacía preocuparse más por el futuro y las cosas que te rodean. Eso parece haber sido aterrizado a sus proyectos posteriores.

No todos los intentos creativos han sido un boom como Blur o Gorillaz, grupos que si bien parecen haber decantado y reflejado mejor que ninguno la creatividad y el sello particular de Albarn, también implican una camisa de fuerza y encasillamiento de sí mismo ante los reflectores, el mundo de los premios y los conciertos multitudinarios.

The Good, The Bad & The Queen es un proyecto muy específico, casi exclusivo para los ingleses que parece haber quedado sepultado en el periodo 2006-2007, pero que sirvió de pauta para el segundo round de “Supergrupo” llamado Rocketjuice and The Moon, que tampoco cuajó demasiado y se quedó como un plato interesante de 2011.

Sin embargo, todas esas sumas y restas de vida y de música parecen haber detonado algo en Albarn, quien siempre ha demostrado que hizo bien en dejar la carrera de actuación. Se le veía triste y fastidiado con llevar a cuestas el rumbo de Blur en Think Tank en 2003; sus mejores piezas parecían tener la tónica tristona de “No Distance Left to Run”, “Out of Time” o “Good Song”.

Más que un tipo talentoso, que ha sabido ponerse insaciable creativamente hablando (Mali Music de 2002, Democrazy de 2003, La ópera Doctor Dee o DRC Music en 2011), Damon Albarn se proyecta hoy en día como un adulto que ya vuelve a disfrutar lo creado con Blur, alguien que hizo las pases con los Gallagher, con Graham y con el repertorio más clásico de la banda que le dio nombre y fama, al grado de volverse a ver contento y con brío arriba del escenario. Los rumores de su segunda paternidad rondan los tabloides ingleses de chismes, su fama de arrogante y quisquillosos no desaparece, pero se encuentra ya matizada y en segundo plano. Albarn es querido y sorprendente por lo que hace y deja registrado en disco. Pese a los gustos o disgustos que dicha aseveración pueda provocar, lo cierto es que de a poco, Damon está posicionado como un referente indispensable para comprender la cultura musical del Siglo XXI.

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Every Day Robots es el nombre del nuevo disco solista de Damon Albarn, y a lo que podemos juzgar es un disco refinado e interesante por decir lo menos. Paciencia, colmillo y tesón aparecen ya como improntas notables de quien fuera uno de los emblemas definitivos del britpop. Parece que la madurez creativa está por abrir un nuevo ciclo en la carrera artística y personal de Damon.

El público es el más beneficiado, puede disfrutar de la óptica de música del mundo, dejar de extrañar a Blur y sus estupendas crónicas urbanas de la juventud inglesa, con todas sus contradicciones y arrogancias, o simplemente escuchar al autor de “Parklife” como un todo que ha ido creciendo de la mano de los años, añejándose de a poco y haciéndose cada vez más interesante, creciendo con sus escuchas, siendo congruente con esa juventud contradictoria de la que fue parte. De la que es parte. De cara a los meses que faltan para ver en vivo el Every Day Robots en el Corona Capital 2014, valdría echar una escucha al universo Albarn para constatar que a veces la grandeza de un artista es más palpable, en la medida en que su diversidad y sobriedad ante la evolución musical de la que es protagonista deja huella, marca los giros de tuerca y permanece a la par de canciones cada vez más introspectivas y sueltas.

En 1997, Albarn actuó en la película Face, quitándose la espinilla de la actuación y dejando en claro dos cosas: pese a su carisma y mediana soltura ante la cámara, Damon parece pésimo actor, no puede ocultar al Damon que es siempre. Y, por otro lado, el mundo de la música siempre estará esperando con curiosidad y expectativa algo nuevo del güero triste de Londres.

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