Cuentos cortos de terror que no te dejarán dormir tranquilo

Tendencias 29/10/2020
cuentos cortos de terror

Cuentos cortos de terror que no te dejarán dormir tranquilo

Es la temporada del año más esperada, opacada por la pandemia mundial los cuentos de horror no dejan de ser parte de incluso vivencias y experiencias, y que han perdurado, y se han modificado con el paso del tiempo, leyendas fantásticas que en muchas de ellas, se aseguran ser reales, un buen cuento debe ser contado por un buen narrador, y un buen narrador debe conocer buenos cuentos cortos de terror, a continuación te platicaré de los mejores elegidos por un servidor, algunos han sido preservados durante décadas, incluso SIGLOS, dejando a un lado a la Llorona, los hombres lobo, a continuación te presentaré historias que seguramente despierten pizcas de curiosidad dentro de tu pensar.

Que mejor manera de iniciar con el mítico Edgar Allan Poe, el escritor estadounidense, reconocido como uno de los maestros universales de los relatos cortos y sobretodo de la literatura del terror.

 

Disfruta de esta selección de cuentos cortos de terror

 

El Gato Negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y solo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón –tal era el nombre del gato– se había convertido en mi favorito y mi camarada. Solo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No solo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba –pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla –si ello fuera posible– más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

 

El Roble del Jardín

Cuando Alejandro vino al mundo, el roble ya estaba en el jardín, a nadie le extrañó que el chico le temiera, pues era más grande que él y sus ramas parecían brazos estirándose para alcanzar algo. Pensaron que al crecer olvidaría el miedo, pero no fue así, el niño se negaba a salir al jardín, decía que el árbol quería atraparlo, intentando entrar por la ventana, hasta la cubrió completamente con un mueble, y a veces los encontraban dormido en la tina del baño.

Nadie pudo creerle su historia, así que él simplemente se dedicó a fingir que todo estaba bien. Como el chico no se quejaba más, todos dieron por olvidado el asunto, hasta que el pequeño desapareció. La ventana estaba rota, había algunas hojas del roble en el suelo, y señales de arrastre por el patio, las cuales llegaban también hasta el árbol. Aun así, nadie quiso mencionar la relación evidente.

Declararon al chico como perdido iniciando el protocolo policiaco para su búsqueda, pero esta no obtuvo ningún resultado positivo.

Con el paso de los días, solo la madre reconoció que su hijo no estaba mintiendo, las pruebas hablaban por si solas; incluso había pasado tanto tiempo mirando con desconfianza al roble, que vio a las ramas cambiar de posición más de una vez.

Así que tomó un hacha, y fue a darle fuerte al tronco, por su herida brotó sangre, las ramas se extendieron asustadas y la mujer golpeó con más fuerza, pero poco podía hacer para derribar al gran roble.

Cayó de rodillas al suelo, llena de decepción pero entonces vio frente a ella otra oportunidad, removió la tierra con mucho ímpetu, para descubrir las raíces del árbol y salarlas, pero jamás imagino encontrarse con tal escena, el cuerpo de su hijo yacía ahí, entre las raíces, ya casi seco, pues estas alimentaban el roble con la sangre del chico.

Esto había sucedido por muchos años, porque aparte se encontraron 14 cuerpos más, justo igual al número de ramas que el árbol tenía.

 

 

El Charro Negro

El Charro venía de una familia pobre, pese a las carencias materiales a este joven jamás le faltó el amor de sus padres. Sin embargo esto no parecía suficiente para él, ya que estaba obsesionado con obtener recursos para andar muy bien vestido y calzado.

Los días pasaban y el Charro se llenaba aún más de frustración por la pobreza en la que vivía. Por más que trabajaba, el dinero no le alcanzaba para tener el estilo de vida que tanto deseaba.

Al tiempo fallecieron sus padres, y con ello creció la desgracia de aquel hombre, quien tomó la decisión de invocar al diablo para pedirle riquezas. Finalmente logró que Lucifer se le apareciera, éste le ofreció todo el dinero que quisiera, pero a cambio debía darle su alma.

El Charro aceptó sin pensar la propuesta del diablo, sintiéndose victorioso, ya que por fin tenía lo que tanto había deseado tener mucho dinero y cumplir cada uno de sus caprichos.

El tiempo fue pasando el Charro ya entrado en edad, se fue dando cuenta que estaba muy solo, nada lo hacía feliz, las mujeres y amigos que tenía a su lado era solo por interés.

Conforme fueron pasando los años el Charro olvidó el pacto que había hecho con el diablo, quien no tardó en aparecer y darle así un gran susto. Este hombre trató de esconderse, mandó a colocar cruces por todas sus tierras y a  construir capilla.

El Charro preocupado no podía estar tranquilo, el cobro de la deuda lo atormentaba cada segundo de su vida. Tomó la decisión de huir sin que nadie lo viera, agarró su caballo junto con una bolsa llena de monedas de oro y se fue. Pero el poder del diablo era muy fuerte y no tardó en darse cuenta de las intenciones del hombre.

Nuevamente se le apareció y le dijo: iba a esperar que te murieras para venir por tu alma, pero por tu cobardía te llevaré ahora mismo. El Charro intentó reaccionar con su caballo, a quien el diablo también condenó al infierno, no sin antes dejarle la tarea de cobrarle a quienes le deben. Y si lo hacía bien, dejaría que el hombre que acepte la bolsa con las monedas, tome su lugar.

A partir de ese momento, el Charro fue condenado a sufrir un sinfín de tormentos en el infierno, y solo salir para cobrar a quienes tienen deudas con Lucifer. Con la esperanza de que algún día, alguna persona avariciosa acepte las monedas y tome su lugar. Solo así el Charro Negro y su caballo lograrían descansar en paz.

 

En el Fondo del Túnel

No es raro encontrarse en cualquier lugar una construcción abandonada, ya sea el entorno rural o citadino, estas pululan por todas partes, algunas simplemente están ahí en el olvido y otras tienen su historia, tal es el caso de aquel almacén de suministros en un antiguo pueblo minero.

El inmueble tenia tanto tiempo en desuso, que la naturaleza había recuperado lo que le pertenecía, los letreros de prohibido el paso estaban colgados por doquier por lo inestable de la estructura, aun así, los adolescentes adoraban visitar este lugar para mantenerse lejos de los ojos vigilantes. Aunque iban allá en busca de aventura, se alejaban de las zonas más oscuras, pues el sitio era en verdad peligroso y trataban de evitar un accidente.

Un día, molestando a una de las chicas, utilizando su bolso como pelota de futbol americano, este fue a caer en un oscuro rincón. Sin pensarlo un solo segundo, un chico que se sentía atraído hacia ella, se aventuró para recuperarlo, iluminado solamente con su celular.

Al llegar hasta el punto, sintió un aire frio helándole los pies, y descubrió un túnel casi vertical, al parecer bastante profundo, cubierto con unas cuantas piezas de madera crujiente. Al darse cuenta donde estaba parado, dio un salto casi felino para ponerse a salvo.

Cuando todos dejaron de reír por su hazaña, les contó lo que vio, los demás se acercaron, y a pesar de que eran muchos celulares dirigidos hacia ahí, no alcanzaban a ver nada más que oscuridad, trataron de adivinar su profundidad arrojando cosas en él, pero tampoco hubo suerte. Al aburriste comenzaron a bromear, uno de ellos gritó:

—¿Hay alguien ahí?.—y desde el fondo una voz infantil y cavernosa respondió en tono burlón —¡Sí!, y voy por ti —.

No fue necesario quedarse a averiguarlo, simplemente no regresaron por ahí. Solo que no advirtieron a otros sobre su experiencia, tal vez los próximos, si descubran lo que habita en el fondo del túnel.

 

La Colegiala

Una joven enfundada en un vestido blanco. Cuenta la leyenda que un padre de familia volvía del trabajo a casa por la carretera de las Costas del Garraf. Era una noche lluviosa, el frío empañaba el parabrisas y el cansancio empujaba sus párpados hacia abajo. A medida que avanzaba por la carretera, las gotas golpeaban con más violencia los cristales de su coche, que perdía estabilidad en el serpenteante trazado del asfalto.

El hombre agudizó los sentidos y redujo la marcha. En ese mismo instante, los faros del vehículo iluminaron la figura de una chica que, empapada por la lluvia, esperaba inmóvil a que algún conductor se apiadara de ella y la llevara a su destino. Sin dudarlo ni un momento, frenó en seco y la invitó a subir. Ella aceptó de inmediato, y mientras se sentaba en el lugar del copiloto, el chofer se fijó en su vestimenta. Llevaba un vestido blanco de algodón arrugado y manchado de barro. Por su pelo enmarañado, parecía que llevaba un buen rato esperando.

Reanudó el viaje y empezaron una distendida conversación en la que la chica esquivó en varias ocasiones la historia de cómo había llegado hasta aquel lugar. Hasta que llegó el momento idóneo. Con una voz fría y cortante, le pidió que redujera la velocidad hasta casi detener el vehículo. “Es una curva muy cerrada”, le advirtió. El hombre siguió su consejo y, cuando vio lo peligroso que podría haber sido, le dio las gracias. Ella, con voz cortante y fría, le espetó: “No me lo agradezcas, es mi misión. En esa curva me maté yo hace más de 25 años. Era una noche como ésta.” Un escalofrío recorrió la espalda del hombre y erizó su piel. Cuando giró la vista hacia el copiloto, la joven ya no estaba. Hay muchísimas versiones de esta leyenda, se llegó a la conclusión que esta chica, era una estudiante quien fuera violada y luego asesinada, su alma se la pasa penando y lo hará toda la eternidad.

 

El Visitante Nocturno

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Leonor se mudaba de nuevo. A su madre le encantaba la restauración, así que su predilección por las casas antiguas empujaba a la familia a llevar una vida más bien nómada. Era la primera noche que dormían allí y, como siempre, su madre le había dejado una pequeña bombilla encendida para espantar todos sus miedos. Cada vez que se cambiaban de casa le costaba conciliar el sueño.

La primera noche apenas durmió. El crujir de las ventanas y del parqué la despertaba continuamente. Pasaron tres días más hasta que empezó a acostumbrarse a los ruidos y descansó del tirón. Una semana después, en una noche fría, un fuerte estruendo la sobresaltó. Había tormenta y la ventana se había abierto de par en par por el fuerte vendaval. Presionó el interruptor de la luz, pero no se encendió. El ruido volvió a sonar, esta vez, desde el otro extremo de la habitación. Se levantó corriendo y, con la palma de la mano extendida sobre la pared, empezó a caminar en busca de su madre. Estaba completamente a oscuras. A los dos pasos, su mano chocó contra algo. Lo palpó y se estremeció al momento: era un mechón de pelo. Atemorizada, un relámpago iluminó la estancia y vio a un niño de su misma estatura frente a ella. Arrancó a correr por el pasillo, gritando, hasta que se topó con su madre. “¿Tu también lo has visto?”, le preguntó.

Sin ni siquiera preparar el equipaje, salieron pitando de la casa. Volvieron al amanecer, tiritando y con las ropas mojadas. Se encontraron todo tal y como lo habían dejado… menos el espejo del habitación de la niña. Un mechón de pelo colgaba de una de las esquinas y la palabra “FUERA” estaba grabada en el vidrio.

La familia se mudó de manera definitiva para dejar atrás aquella pesadilla. Leonor había empezado a ir a un nuevo colegio y tenía nuevos amigos. Un día, la profesora de castellano les repartió unos periódicos antiguos para una actividad. La niña ahogó un grito cuando, en una de las portadas, vio al mismo niño una vez más, bajo un titular: “Aparece muerto un menor en extrañas circunstancias”.

 

Directo Al Infierno

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A Rocío no le agradaba mucho la idea de ser la chica nueva en el barrio, ya que le costaba mucho hacer amigos. No disfrutaba de la soledad, pero en ese momento era lo único que tenía.

Al paso de los días solo un chico se acercó a ella, no se trataba del mejor candidato para incluirla en un círculo social, porque las personas lo catalogaban como «raro», pero Rocío se sentía bien en su compañía. Él era nieto del anticuario y solía siempre traer alguna cosa en las manos para mostrársela a su nueva amiga. Así se les iban las horas volando, adjudicando historias para cada cosa nueva.

Al tomar más confianza, el chico decidió llevarla a la tienda, para que el abuelo le mostrara objetos más interesantes. Entre ellos una llave antigua, que según dijo, servía para abrir las puertas del mismo infierno. Los tres lo tomaron a broma, pues les era muy difícil creerse esa teoría, y por supuesto, el anciano nunca lo había comprobado.

Sin embargo el jovencito tenía otra cosa en mente, quería llevarla a la habitación donde guardaban armaduras, joyas y cosas realmente valiosas. Intentaron entrar cuando el abuelo fue a atender a un cliente, pero la puerta estaba trancada, no a propósito, simplemente la cerradura no servía; entonces el jovencito le pidió a Rocío que le acercara algo para empujar el mecanismo.

Lo más cercano que tenía era la llave, que el señor había dejado sobre el escritorio, y eso fue lo que le dio al muchacho.

Cuando la acercó a la cerradura un resplandor rojo se vio debajo del portal, y una vez dentro la llave cambió para ajustarse perfectamente al mecanismo. En su segundo la puerta se abrió, dejando salir un humo denso y oscuro.

Después de eso todo fue gritos y desesperación, cuando los vecinos acudieron a ver lo que sucedía, solo encontraron al pobre anticuario tirado en el suelo, llorando y diciendo que el Demonio salió por esa puerta y se llevó a los niños, directo al infierno.

 

La Cabaña

Un cazador, en su travesía, decidió cambiar de rumbo para dar diversidad a su oficio, así que giró su camioneta y la estacionó frente a un bosque desconocido que tenía la fama de ser abundante en presas grandes. Fue con su escopeta afianzada a sus manos, en espera de algún animal descuidado, pero no pudo ver más allá de su nariz, ya que de repente, una abundante niebla se apoderó del panorama. Esta resultaba tan espesa y profusa, que el cazador no pudo dar con su rumbo de origen y se adentró en el bosque más de lo que había planeado. Caminó y caminó frotando sus manos en sus antebrazos, pues la niebla trajo consigo un frío atroz que le caló hasta los tuétanos al pobre cazador, mientras un marcado humo blanco salía de su boca con cada respiración.

A su vez, temblando como una hoja, el cazador comenzó a dar gritos desgarradores por  la desesperación, ya que sintió que dos días enteros habían pasado. Sentía hambre, sed, frío y angustia. Hasta que, a lo lejos, de repente divisó una pequeña cabaña de madera.  Fue corriendo hasta la cabaña, y debido a su desesperación, entró sin siquiera tocar. Todo estaba oscuro, así que como pudo, encontró un pequeño interruptor, pero cuando se iluminó la única habitación, el horror pasó por sus ojos al ver un conjunto de cuadros con retratos de personas mirándolo fijamente, unos tenían el rostro completo, pero otros, no exactamente. A unos les faltaban los ojos, a otros los dientes, y a otros todo el rostro.

Sin embargo, cansado, confuso, aterrorizado y a su vez, aliviado por haber encontrado un refugio, sin importar su apariencia, decidió que cualquier agujero sería mejor que aquella tortura despistante, por lo cual, sacó una manta y prácticamente, se desmayó debido al hambre, sed, y la angustia. Sin embargo, pasado el tiempo, el hombre se despertó de repente debido a una luz agobiante pegándole en el rostro, y en ese momento, al ver la manta que había usado frente a él, se dio cuenta de que aquellos cuadros no eran retratos… eran ventanas.

 

El Hombre de los Sueños

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En enero de 2006, un psiquiatra de Nueva York recibió en su consulta a una de sus pacientes como un día cualquiera. En aquella sesión, la joven le explicó que había soñado en repetidas ocasiones con un hombre al que ni si quiera conocía. Tenia una calva incipiente, las cejas muy gruesas y los labios extremadamente finos, en especial el superior. Mientras oía la descripción, el facultativo dibujó el retrato del sujeto. No le dio mayor importancia y lo dejó sobre la mesa.

Las tornas cambiaron cuando, en sus siguientes consultas, dos pacientes más aseguraron haber visto al mismo hombre en sueños. El psiquiatra decidió hacer copias del dibujo y enviarlo a varios compañeros de profesión. Meses después, vieron que el número de personas que habían soñado con él no paraban de aumentar y optaron por crear una página web en la que se registraran todas sus apariciones. Los facultativos descubrieron que el misterioso hombre se había colado en los sueños de cerca de dos mil personas.

Sus “apariciones” son de lo más dispares. Uno de los pacientes aseguró haberlo visto vestido de Papá Noel. Otro dijo haberse enamorado en cuanto lo vio. Un tercero asegura que cuando sueña que vuela, el hombre lo hace junto a él, y nunca habla.

El fenómeno ha dado pie a múltiples teorías conspirativas. Una de ellas señala que el intruso es una persona real con la habilidad de irrumpir en los sueños. Otra, incluso afirma que se trata de un proyecto oculto de los gobiernos para controlar las vidas de los ciudadanos. La hipótesis más científica, sin embargo, indica que este rostro forma parte de la “conciencia común”.

 

El Anillo del Brujo

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Nadie pudo entender la decisión de aquel hombre, que al haber obtenido la vida aparentemente perfecta, lo dejó todo para refugiarse en una cabaña apartada allá en las montañas. Se llevó con él a su joven esposa y tres hijos, cortando todo contacto con el resto de la humanidad.

Pasaron los años en completa soledad, tan solo ellos, cinco; hasta que lo atrapó la vejez y la enfermedad, en su lecho de muerte, luchaba por tener el tiempo suficiente de contarle a sus hijos el terrible secreto que lo llevó al éxito, aquel mismo que se convirtió en la razón de su aislamiento.

Les dijo entonces que poseía el anillo del brujo, un poderoso objeto capaz de conseguirle todo lo que deseaba, a cambio del alma de un hombre bueno, les confesó cuanta gente sacrificó para sus propios fines, ya que ni siquiera los conocía, el propio anillo las buscaba, pero estaba muy arrepentido de ello.

Por eso permanecía lejos de todo, así no añoraba nada más que su simple existencia, y el resto de las personas estaban salvo. No se deshizo del anillo, pues no quería que alguien más lo tomara e hiciera sufrir a inocentes, así que se había convertido en su guardián. Esperaba que sus hijos siguieran su camino, pero estos tenían otra cosa en mente.

En cuanto supieron dónde estaba, quisieron probar su eficacia; pelearon por él, se hirieron, hasta que solo uno quedó vivo y puso en su dedo el anillo. Pero en ese instante un terrible ardor corrió por todo su cuerpo, quemándolo desde adentro, enormes llamas le salían por cada poro, provocando un terrible dolor, pero manteniendo la piel intacta. Se retorcía y chillaba, ante la sensación de que algo invadía su cuerpo, en unos instantes, también estaba muerto en el suelo.

El anillo no debía usarse, bastaba con dirigirse a él para pedir deseos, solo un alma buena se requería para hacerlo funcionar, pero un alma retorcida servía para que el brujo volviera a la vida.

Lo hizo en el cuerpo del ambicioso muchacho, y bajó de la montaña a conocer el nuevo mundo, y esparcir de nuevo su reinado de terror.

 

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