Tenemos que hablar de Luis Miguel, la serie

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Luis Miguel, la Serie, Netflix

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Tenemos que hablar de Luis Miguel, la serie

A tan sólo unos cuantos episodios de haber sido lanzada en Netflix, la serie biográfica de Luis Miguel ha resultado en todo un hito en la incipiente historia de series locales, en buena medida porque México es un país con ídolos populares en su cultura musical bastante específicos, en la que las adaptaciones audiovisuales han ido de la inexistencia a la pobreza de ejecución.

Luis Miguel, la serie, ha logrado que generaciones enteras estén domingo a domingo frente a sus dispositivos para no perderse un capítulo más de la vida de El Sol, con resultados asombrosos. Hoy como nunca se ha vuelto a hablar de una de las figuras más polarizantes, polémicas y sombrías del mundo del espectáculo, muestra de ello es que cada semana la serie es tema de cotilleo, precisiones y euforia colectiva en redes sociales.

Sin embargo, valdría la pena analizar punto por punto si es una serie a la altura de los cánones a los que Netflix nos tiene acostumbrados, si la diversión y el hype de la serie son provenientes únicamente por el tema, la coyuntura misma del personaje, o detrás de ella hay un desarrollo narrativo y de producción sólido que haga frente a las depauperizadas telenovelas y series de bajo calado.

Aquí, y pese a que la vemos con religiosidad y buena parte del equipo es fan de Luis Miguel y la serie, echamos mano a diez aspectos por los que creemos que estamos frente a un suceso popular que queda mucho, pero mucho, a desear.

1. La extensión del argumento

¿De verdad bastan 13 episodios para mostrarnos que el papá de Luis Miguel es más malo que cualquier torturador de la inquisición, y que el pobre de Luis Miguel se tuvo que desafanar de él contra viento y marea para tirunfar?

El capítulo uno nos muestra el molde y desde entonces hemos visto la repetición de lo mismo. Ok, va: cambian las rolas, cambian las chicas, se cosechan los triunfos. Pero parecería que no hay problema en fumarnos cada capítulo al papá diciendo “Ostia Micky, me cago en la puta madre, hala niño canta, ¡Mickyyyy! Un poco más de variedad e ingenio en la razón de ser de la historia, ficticia o fiel a los hechos, se hubiera agradecido más y seguro hubiera tenido mejores adeptos.

2. Los errores secuenciales y de producción

Si bien su diseño de producción en ocasiones es notable, con autos, vestimenta, peinados y detalles estéticos muy de la época, todo se va al traste cuando Stephanie Salas dice que no es cronológicamente acertada, vemos digitalización en donde no debía haberla originalmente, o en una misma escena hay una servilleta de babero y luego no.

¿Para qué le echan muchas ganas a que se vean las cosas de época si todos los personajes entran y salen de las puertas sin siquiera tocar? Los detalles importan, y pese a la buena factura de la serie, los descuidos se perciben bastante.

3. El casting

Este es quizás el punto menos flaco de la temporada y si bien algunos personajes no son actores propiamente dicho en la vida real y a otros realmente se les complica el cuadro (el asistente de Luismi y Juanpa Zurita lo hacen pésimo), lo cierto es que el casting está muy de primer orden en su apariencia. Por ejemplo El Burro Van Rankin logra ser una copia fiel del original sin parecerse físicamente demasiado; lo sintetizan increíble.

Pero todo va a menos conforme la inversión en los protagonistas se agota: Luis Miguel de niño, bien. El padre, más o menos, el protagónico se parece sólo en ángulos específicos y a veces se tira más a un look del cantante Emmanuel de joven. El casting es bueno, pero por alguna razón que va más allá de la actuación y el vestuario, parece que se pudo haber pulido mucho (muchísimo) más.

 

4. Una narrativa floja

Si bien cada capítulo cuida (es un decir) un planteamiento, nudo y desenlace narrativos bastante claros, el sentido de la serie queda muy diluido, establecido sólo por la secuencia biográfica original y una narrativa con dos giros temporales que, lejos de hacerla más dinámica, la sometieron en poco tiempo a un esquema plano, predecible y sin mayores sorpresas.

El capítulo 5 y 6 han logrado percibirse largos con ganas, circulares y poco emocionantes, más allá del siempre presente humor involuntario. La onda de las series, su esquema original, de alguna manera viene a replantear una diferencia sustancial a las novelas que veían nuestras tías y abuelas en Televisa. ¿Qué pasó?

 

5. Las actuaciones

Seamos justos: el niño que interpreta a Luis Miguel de pequeño es la cosa más asombrosa, luego está el padre interpretado por Óscar Jaenada que pese a que es español se percibe varias veces como un ibérico prototípico impostado, y luego está Boneta, que si bien agarra perfiles muy similares a Luis Miguel se queda corto la mayor parte del tiempo (sólo se parece, pero la interpretación es pobre).

De ahí hacia abajo en el casting, los peros se suceden de forma impresionante: La madre cansa de plana, Vanessa Bauche carece de credibilidad, la primera novia súper pasteurizada, Andrés Almeida ni siquiera se pone bien su peluca, el que la hace de Raúl Velasco se nota que estudió al personaje muy por encima (total, sólo sale unos segundos, ¿no?).

Actuaciones poco consistentes, afectadas, poco creíbles y en una buena cantidad de casos, chafona… Y muchos fanboys de Netflix se quejaron cuando llegó Blim al mercado.

 

6. Los estereotipos de los estereotipos

La historia misma de Luis Miguel, su personalidad  y ascenso al estrellato son clara muestra de una historia de diferencia de clases sociales, prejuicios de ricos vs pobres y la prevalencia de los estereotipos (el rico fresa poderoso y prepotente que se da cuenta del valor de las cosas).

El manejo del tono, diálogos y estilo comunicacional de la serie logra reforzar esos estereotipos, prejuicios e ideas que han abierto la brecha sociocultural mexicana contemporánea. Para algunos guionistas con inventiva, ésta pudo ser una oportunidad de oro para subrayar el hecho de forma más consciente, sin sacrificar la estética y sentido de entretenimiento de la serie. Pero, ¡qué más da! El Sol es el rey y es cagado verlo.

 

 7. Esquema novelero

Con Luis Miguel, la serie, sucede que por momentos nos encontramos dentro de una plataforma de contenidos de calidad a la carta y que en cambio estamos en las telenovelas de la tarde cuando nuestras tías nos obligaban a verlas. Esperaríamos que en el futuro no se repitiera este bajo calado de calidad como llegamos a ver con Juan Gabriel. ¿Qué sigue?, ¿una mala versión de la vida de José José?, ¿un tratamiento imprudente de Paquita la del Barrio o Valentín Elizalde? Esperen…

 

 8. Las rolas de Luismi de grande

Ok, no pudieron usar las canciones originales pero se conservan las formas, punto para Luis Miguel que no se quema. Ok, las canciones de Luismi de pequeño están muy jefas y usan los extremos originales para enfatizar los detalles, punto para la producción. Pero las de Luis Miguel de grande les falta punch, les falta baja, les falta intención. La historia de uno de los figurones del espectáculo mexicano no podía tomarse el riesgo de hacer versiones flacas.

 

 9. Ausencia de realismo

Si bien la serie es una ficción, no se toma demasiados riesgos y se constriñe a la versión de un libro y notas que han salido en el medio. La cocaína está presente en la serie como un cuadro mal colocado en la serie, como si no hubiera sido la droga de mayor consumo en el contexto en el que plantea la serie, y los detalles sórdidos, morbosos e incluso documentados están puestos de relieve. Para tal caso, mejor un documental producido inhouse.

La serie no abunda demasiado en la psique del personaje, en la complejidad de la historia y en los vínculos de poder que son a todas luces un “algo” en la historia del cantante. Es como la versión oficial de la versión oficial.

 

 10. Diálogos de primer tratamiento

Quizás lo que puede hacer que una producción con tantas inconsistencias y escasos aciertos (pero fuertes) como Luis Miguel, la serie, se salve sustancialmente, sea un repaso a sus diálogos, que se perciben descuidados, fáciles en su ritmo y de una efectividad muy baja.

El espectador podría quedarse más prendado con momentos que aludan al juego y a la negociación, que mantengan su atención para que el personaje revire con una frase matona, como en momentos logra el padre; la serie da mucho para eso. En su lugar, todo gira en el tono de lo que ya se espera (“lo voy a demandar…vengo a demandarte…me demandó”) y que, sumado a una interpretación al vapor da en el traste a un producto que se va diluyendo.

Esperemos que Luis Miguel, ese fenómeno de cotilleo en la red que nos tiene repitiendo las actitudes de un público poco exigente de la década pasada, vaya mejorando y levantando el vuelo como un producto de entretenimiento que es y que tiene todo el potencial para permanecer en la memoria colectiva por décadas enteras. Pero ya van seis capítulos y pinta difícil. ¿Ustedes qué opinan?