NRMAL 2017: Mi amigo “el Tortoise”

Festivales de Música 23/01/2017

NRMAL 2017: Mi amigo “el Tortoise”

Para quienes la música es todo un asunto de exploración en pos de lo sorprendente, o implica algo más que divertimento o simple telón de fondo de su cotidianidad, el encontrar una banda que resalte del resto sin ser demasiado grandilocuente o virtuosa es todo un arte; lleva su tiempo dar con un hallazgo invaluable. Hay grupos o artistas que nos representan algo más que “una gran banda”, “un acto en vivo imperdible”, o cualquier medalla que pongamos los medios. Existen bandas que significan algo mucho más valioso a nivel personal, que llegan para quedarse en nuestra intimidad, pase lo que pase.

Para mí, una de esas bandas es Tortoise, banda de Chicago que ha sabido envejecer con un decoro altísimo y una congruencia sólida desde su nacimiento, allá en 1993, cuando conocer bandas era un tema lento, repetitivo y delicioso; no por kilo, sino de sustancia y calidad a cuentagotas.

A Tortoise no sólo lo asocio por ponerme en el mapa su sello de casa como sinónimo de alta calidad (Thrill Jockey, hogar de los Trans Am, OOIOO, Mouse on Mars o The Fiery Furnaces, entre muchos otros), sino también por ser de las primeras bandas que conocí que podían tener un sentimiento pop y ser sumamente versátiles, con un feeling jazz y experimentación sin parangón, amén de su destreza brutal en la ejecución; músicos estudiados sin la pasteurización que a veces implanta la academia.

Pero la verdad de las cosas es que en 1993 yo tenía ocho o nueve años y escuchaba sin saber mucho de qué iban a Caifanes, Nirvana y The Cramps. ¿Qué chingados me iba a estar fijando yo en el minimalismo alternativo instrumental que luego daría pie al post rock? A paso de Tortuga me fui abriendo a otras lindes sonoras, y en el 96 conocí el Millions Now Living Will Never Die, que cuando iba al Mix Up me llamaba mucho la atención su portada, pero que no me atreví a escuchar en ese momento. El grunge, el garage, el jazz, el brit, el ruido y el progresivo. Pasaron los años y con ellos el hip hop, el internet, la prepa, la marihuana y también la exigencia como escucha.

Mi cuate Lalo, un intenso que tuvo a bien presentarme casi toda la primera oleada del trip-hop y la época noventera del house, el drum and bass y el techno, llegó una noche a mi casa a querer venderme el CD de Standars, que si bien traía unas cosas sobrias y sabrosas a las que ya le entraban (fue la primera vez que pensé que tal vez Chicago tenía un sonido distintivo en su rock-pop, ya que encontraba similitudes con Jim O´Rourke o Wilco ), no me enganchó del todo. Pero sonaba a Zappa en ocasiones y como que sí. No fue hasta que cambié en el Tianguis del Chopo el tibio The Dropper (2000) de Medeski, Martin & Wood, por el gran TNT (1998) de Tortoise, reverendo discazo. Y ahí todo cuajó.

Ese fue el punto de partida para refinar los gustos y comenzar a tener una conciencia más plena sobre lo grande que eran los Tortoise. Me preguntaba cómo le hacía Lalo para conseguir discos tan chingones y deshacerse de ellos tan fácil. Baterías, marimbas y vibráfonos cabrones. Tortoise fue la primera banda contemporánea completamente instrumental que me robaría el aliento, y que me haría pasar por emociones de melancolía, al tiempo que me aterrizaban sobre una cremosa avalancha de grooves deliciosos, oscuros y rugosos. Algo tenían que embrujaban perro. Con el tiempo, Lalo desapareció de mi vida y nunca le compré el Standars, pero luego lo descargué ilegalmente junto con toda la discografía de Tortoise, que para cuando lanzaron el It´s All Around You (2004), ya eran una de mis bandas favoritas, aunque justo ese disco me parece un punto medio de inflexión hacia abajo en su carrera.

La relevancia de Tortoise para mí es equiparable con la de los Tindersticks o la de Mick Harvey, llena de sofisticación, sobriedad, culto y piezas enormes. Había terminado la universidad y yo leía cada vez menos sobre Tortoise en los medios. Por ahí de 2006 fue cuando salió un maravilloso disco de covers en mancuerna con otro de mis futuros gallos, Bonnie ‘Prince’ Billy: The Brave And The Bold. Ahí dije “órale, esta banda bien pudo amarrar y vivir con lo ya cosechado, pero va por más, va a la contra”. Ese sentido de búsqueda se refinaba y partía desde un lugar harto común, el de ser fan de un grupo, desde la amistad y la colaboración. Si bien ese no es ni de lejos uno de sus mejores trabajos, para mí es de mis discos favoritos, además porque marca la pauta de un corazón roto tras años de relación. Un disco que escuché demasiado en su momento. Sobre todo su cover al Jefe Springsteen.

Posteriormente me haría muy fan de casi todo lo que hacía John McEntire, su bataco y fundador: Gastr Del Sol, The Sea And Cake, ingeniero, productor y un tipo al que le patea salir en las revistas de música. Alguien que siempre me ha parecido listo y congruente. El 2009 vendría con turbulencia a mi vida (partida de casa, aventuras en el periodismo de verdad, accidente grave en bicicleta…), con un disco al que no le agarré mucho el patín pero que experimentaba con el IDM como nunca en la carrera del quinteto: Beacons Of Ancestorship era un disco raro, por decir lo menos, que pese a tocar pasajes abstractos y electrónicos comenzaban a sonarme fuera de contexto, un poco anquilosados. ¿Había llegado el final de una de mis bandas favoritas? Quizás fuera tiempo de descansar. A la distancia me parece que es un gran trabajo después de todo.

Dos años después conocí a quien sería una de mis grandes amigas, América. La fortuna de la independencia, la lectura y la escritura harían match con una buena noticia: Tortoise llegaba por primera vez a México, entre semana y en un lugar rarísimo en el interior de Plaza Antara, en una de las zonas más acaudaladas del DF: el Voilá Acoustique, un sitio pequeño, caro y aburguesado, que si bien sonaba increíble me complicaba las cosas. Compré el boleto, pero un bomberazo de último momento me hizo vendérselo a uno de mis mejores amigos, Argel. Creo que desde esa fecha dejé de escuchar tanto a Tortoise de una vez por todas y también dejé de ver a Argel, entrañable compañero de décadas, quien por cierto nunca me pagó el ticket.

Un año después fui con mi amiga América a ver a The Sea and The Cake (cambiaron la fecha original del flyer, que era diciembre de 2011), proyecto paralelo de McEntire, quienes rebosaron en finura y precisión esa ocasión… pero no era lo mismo, ¿saben? Aquel concierto de Tortoise sigue siendo mítico y me sigue dando rasquiña no haber ido. Tortoise se fue a la congeladora desde entonces, hasta el año pasado, que salieron prácticamente de la nada, como si la fresca mañana, con un disco sólido, que si bien no tiene los altos vuelos de su álbum debut o el Millions Now… es uno de los trabajos más interesantes del año pasado: The Catastrophist.

Hace algunos meses, mi buen amigo Bart llegó de Chicago con un gran regalo: era el Standars en una edición en vinyl chulísima. Escucharlo fue regresar a todo aquello vivido en mancuerna con la música de Tortoise.

Como si de una coincidencia increíble se tratara, este 2017 el festival NRMAL tuvo a bien rifarse el tiro y traerlos de nueva cuenta a la ciudad, con un séquito de seguidores mayor, más una legión añeja de fans que no los ha visto nunca; unos nostálgicos asquerosos que, cuando la banda suba al escenario, se desplomaran de felicidad. Tortoise no es sólo una de las bandas más importantes de los noventa, antecedentes claros del post rock y una de las agrupaciones más elegantes de su generación. Son también el acompañante generacional de momentos clave de muchos…o de algunos… o de uno. Una tortuga que sigue caminando a su paso en tiempos de vértigo y desatención. Nada mal para un grupo de casi 24 años de trayectoria. Sí, imperdibles.

Tortoise se estará presentando en algún punto del 11 o 12 de marzo, en el Estadio Jesús Martínez Palillo en el festival NRMAL.

¡Síguenos en Facebook y gana boletos para conciertos y festivales!