¿Por qué Timbiriche es más importante de lo que crees?

Música 02/08/2017

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¿Por qué Timbiriche es más importante de lo que crees?

Históricamente, para bien de todos y pesar de muchos, la música ha sido propiedad intrínseca del ser humano mismo. De cabo a rabo, derribando las autoimposiciones ideológicas, del siempre cuestionable buen gusto, los idiomas o de las etiquetas de géneros y subgéneros.

Quien esté libre de pecado que tire la primera rola. ¿Cuándo le ha importado a un fan de los Monkees el saber que su grupo era una prefabricación marquetera? La banda más grande de todos los tiempos, The Beatles, palidecen cuando uno los compara con los Stones, quedando como unos niños fresitas con sentimiento pop vs roqueros gandallones. O qué me dicen de los miles de covers de bandas de hardcore punk a clásicos radiables asquerosamente pop.

Los prejuicios de clase en la música popular han existido prácticamente desde el día uno y, sucede con más frecuencia de la que nos gustaría aceptar, que gente de clase baja aspira llegar al status de sus ídolos, incluso sonar como ellos, o a la inversa. Fue quizás en los tempranísimos albores del siglo que vivimos, que se aceptó de forma consciente en el rock, ese género milenariamente contestatario e inconforme de los oprimidos, que los ricos también tenían derecho a rockear machaconamente.

The Strokes fue un ejemplo palpable. ¿Importaba que Julian Casablancas no comiera atún de lata en las cloacas neoyorquinas para mamar de The Ramones o Television? Parece que no, ya que hoy en día, a la banda más marginal de la periferia del tercer mundo, el Is This It les pega con tubo.

Así pues, si partimos de esa premisa en la que México lleva varios años mamando de las instituciones, comprando gansitos y tomando Coca-Cola sin dejar de ser pachecos, cholos y chuntaros, vaya, que toda postura es impostura, habría que reconocer de una vez por todas el aporte proteínico que tiene en la vida musical nacional Timbiriche.

Y es que más allá de las rolas bobaliconas y el parapeto de imagen gestado en 1982 para tener una banda de pop representativa de México, Timbiriche representa de alguna manera, toda la perversión, doble moral y profunda aspiración del mexicano promedio.

¿Qué nos dicen musicalmente esos doce discos comprendidos entre 1982 y 1993? Probablemente no mucho, más allá de las baterías sintéticas, los coros pegajosos y los valores Televisa de los mejores años del priísmo más empoderado, que lo mismo eran incipiente farándula del mirreynato, que los Elton John (Diego Schoening), los Roy Orbison (Eduardo Capetillo), o las Madonnas de petatiux (Thalia y Paulina Rubio).

Todo México es aspiracional, y así como toda ausencia de fe requiere de un mesías, el mundo del espectáculo necesitaba de un grupo que atacara a las primeras generaciones de conquistados culturales nacidos en México, que hablara de los dramas de la clase media acomodada y alta, tan llena de corazones rotos, helados y malteadas, o conversaciones con la almohada.

Así como todo protagonista ocupa un antagonista, o un némesis malévolo del héroe irredento, la narrativa farandulera, esa misma que alimentó el mito fresas vs nacos, albergó por décadas a Timbiriche, con sus múltiples mutaciones, picando piedra duro hasta colarse en el inconsciente colectivo incluso de los más pobres, esos a los que históricamente les correspondía el rock urbano y el blues doloroso.

Timbiriche vino a demostrar la relatividad de los valores, con la explotación infantil a flor de piel, con una historia psicótica tras bambalinas que hasta la más inocente de la casa se las olía, con toda esa sexualidad precoz mal velada. Puede que en una primera etapa, a Mariana, Alix o Diego no les haya importado mucho no saber de qué iba el mundo del espectáculo. Pero cuando llegó Sasha y Benny, vaya que las cosas se pusieron en otro nivel, porque entonces sí todo se trató de estrés de niño, contratos y muchísima lana, que a la postre serían problemas de alcoba, drogas, citas interminables con el psicólogo e incluso hasta demandas.

Gracias a los chicos de “Besos de Ceniza” supimos de la lucha intestina por un hombre, a manos de Thalía y Paulina Rubio, por cierto dos cantantes que hoy siguen encumbradas como efigies pop no sólo de México sino de toda América Latina. ¿Cuántas bandas mexicanas no tenían ese disco rojo con el logo de Timbiriche como de banda de hair metal en casa? ¿Cuántos raperos siguen cantando “tú y yo somos uno mismo” en la peda? Seguro, ninguno. Falta valor para aceptarlo.

Por otro lado, en el mejor de los planes “atrás del set de Raúl Velasco todo se vale”, durante una entrevista, Diego Schoenning habló a la prensa nacional sobre su primera experiencia sexual, a la vez que confirmó los rumores sobre la posibilidad de andar con todas la integrantes de Timbiriche, dijo que los comentarios tenían algo de cierto. Un locazo.

Una de las cosas más chidas de Timbiriche es que en el afán más provocativo, Benny Ibarra, al lado de Sasha, quien a la fecha posee cierto grado de decoro con talento musical notable, sí pensaban que de una u otra manera hacían rock y arrugaban la frente junto a Erick Rubín, quien se aferró en solitario a querer vender la idea de azotado. A la postre, y pese a quien le pese, El Tiempo (1994) de Benny Ibarra es un discazo. Y Sabo Romo de Caifanes o José Fors de Cuca lo pueden avalar. Quizás lo mejor que ha dado el grupo pop de México por antonomasia (porque Maná hace rock, ¿verdad?).

Ya lo planteó el otro día en Nexos el también infumable más no menos certero Hugo García Michel: ¿Por qué los roquerines nacionales que adoran a Camilo Sexto, los Ángeles Azules, los Tigres del Norte y hasta Cepillín reniegan de Timbiriche?

Así que reconocer que uno es gordito, moreno y chaparro no debería ser motivo de burla, aceptar que detrás de los discos de Scott Walker, Fennesz o los Stooges hay un chapopote de los Timbiriche, con Eduardo Capetillo bien fofisabroso en la portada podría ser un gran paso para la escena local, esa que aún reniega de las cruces de sus parroquias para, al menos, sonar francos y comprender los hilos conductores.

¿Por qué los grupos ingleses suenan más naturales? ¡Porque ellos reconocen su tradición! El gusto culposo es también humor, y el humor es parte intrínseca de la identidad. Ya, no mamen. Sí, Timbiriche es fresa, televisivo, prefabricado, superfluo… y a la postre será más duro y honesto que la cada vez más gastada camada de roqueros que se empeñan en calcar los sonidos que no hablan de su realidad más inmediata. Que muera Timbiriche: ¡Viva Timbiriche!

 

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