Guitarras locales en el corazón distorsionado del DF

Los Blenders. Foto: Fabián Zugaide

Siempre que voy a hablar o escribir acerca de la música en nuestro país actualmente comienzo con la frase todo lo que se está haciendo musicalmente en México hoy en día es lo más chingón”. Y estoy seguro de que tengo razón. El momento que se está viviendo en nuestro país es quizás, el más ambicioso y efectivo en muchos años. Esto puede estar atribuido a la facilidad de crear música en nuestros tiempos y compartirla a granel. Pero yo creo que más bien estamos frente a un movimiento de hiperactividad creativa. Dentro de todo el país hay mentes valiosísimas que están haciendo cosas increíblemente buenas. La actualidad de la música independiente en México es gloriosa por donde se vea.

Dentro de todo ese recorrido de mentes creativas se encuentra una predominante hoy en día. Muchas de las personas que son responsables de la luminosidad contemporánea musical de nuestro país son productores de música electrónica y sus derivados. Las bondades de la computadora han abierto vertientes musicales que antes no pudieron explorarse con la misma facilidad de hoy. Cada vez más seguido brotan personajes con nuevos experimentos que aportar derivados de un arsenal de maquinaria. Y es perfectamente entendible. Sin embargo, aún están aquellos que se preocupan menos por las hipótesis sonoras y más por el amor visceral al oficio musical.

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Aquellos grupos que parecen haber nacido ensuciados de aceite de cochera son los que aparentemente escasean en tiempos tecnológicos y también los que más fibras nerviosas pueden tocar. La escena (¿?) de guitarras poderosas en México está latente y se eleva con brío. Grupos de recién aparición como Los Blenders u O Tortuga parecen ser los estandartes de un legado que todos esperamos nunca termine de formarse. Y también son los responsables de que haya accidentados ejercicios de imitación como Los Angreverbs. Como audiencia de memoria a corto plazo parecen ser los más reconocidos y el inicio de un futuro prometedor para el género.

Sin embargo, existen -y por supuesto existieron- otros nombres cuyo catálogo no está tan lejano de ahí. Contemporáneos como Mentira Mentira, Baby Nelson & The Philistines o San Pedro El Cortéz son parte de una estirpe de grupos que se encuentran cerca de los anteriores y que, a pesar de ello, merecen mucha más atención de la que se les ha brindado. A diferencia de los anteriormente mencionados, se encuentran alejados de la gloria social. Siempre haciendo música con huevos y pocas veces recibiendo las ovaciones que son recíprocas en el papel. Todos ellos un apartado de la música contemporánea nacional -quizás, junto al desaparecido Hypnomango y el recuerdo inmortal de Nene Records– que sostiene con fuerza un discurso que parece nunca va a desaparecer.

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El común denominador entre todos ellos es música que se escucha y se siente diseñada para escucharse en el mismo nivel. El artista y la audiencia son uno solo porque hablan igual y se comportan de la misma manera: vale madres. Todos ellos se interceptan. Cantan acerca de drogas (“Meta y Dinerode Los Blenders, “My LSDde Mentira Mentira); de mujeres cariñosas (“Tierra De Solde San Pedro El Cortez, “Ojos De Cristalde Baby Nelson), o de nada en concreto porque en realidad nada de ello importa (“Ah Ohde Los Blenders, “Uauhde O Tortuga). Son un minúsculo conjunto de grupos evocando el espíritu adolescente de Linklater, que inmortalizan el alucinante elixir de la juventud.

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La música contemporánea en México está compuesta de muchas formas. De entre todas ellas, las guitarras veloces y el aceite de cochera es la que más frutos brinda. La juventud es el mejor momento para deshacer el cerebro sin necesidad de pensar en muchas cosas y sin embargo es tremendamente efímera. Las canciones de toda esta estirpe de grupos huevudos se comportan exactamente de la misma manera. Destruirse la cabeza mientras eso sucede trae sus recompensas. Quizá la más valiosa es que ese legado que se deja, afortunadamente, no tiene fecha de caducidad. 

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