La llave

No iba a dejar que Rocío se comiera mi plato, ni madres qué. No iba a dejar que nadie más, y menos ella, se aprovechara de mí. Definitivamente ya estaba harto: zapes en la escuela, risas en las fiestas y corajes gratuitos en el trabajo. Una arista más estropeada y yo reventaba. Ese día era uno muy propicio para hacerlo.

Haberme levantado temprano y no desayunar le dio sólo un toque más absurdo y dramático. Sin embargo; fue un momento en especial, un milímetro así bien pequeñito, nano momento, menos que un parpadeo.

Rocío fue una especie de compañero de Rock and Roll, el compañero idóneo del camino. Por extraño que parezca no nos deseábamos, cada quien tenía pareja, nunca nos insinuamos, es más, pareciese que nunca nos dirigimos la palabra. Una especie de número artístico largo y sin chiste. Todo el tiempo Rocío devoraba toda mi comida; dulcecitos, guisados, enlatados y verduras por igual, eran aniquilados en un par de minutos. Pero era una amiga.

Pero un día tuve mucha hambre, y el hombre con hambre tomó sus fueros y gritó y destrozó: un dramón loco e inútil. Ese día tenía apiñado todo, como novela del dos: no tenía un peso en la bolsa, tenía entrega final, dos tres asoleadas por parte de mi jefa, y un montón de deudas por saldar. Sin embargo, y como todos los años había sucedido, me levanté tranquilo, repuesto del sueño, con ganas de intentarlo de nuevo.

Me di un buen baño, me vestí coquetón, fui a la cocina, y pese a mi estúpida y predecible sorpresa, no había un solo bocado de nada que llevarse a la boca. El caldillo de remolachas y vinagretas habían sido absorbidos por un jerga mágica. Sentía como el hueco estomacal podría convertirse en una realidad si no desayunaba algo pronto. Entonces fue que la vi: una sopa maruchan envuelta en su bonito plástico para que no la dañe la humedad, una comida que no lo era, un oasis, placebo, paliativo, ¡acallar a las bestias con ominosas mentiras!

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Esa mañana tenía demasiadas ganas de partirme la madre con alguien, a sabiendas de que iba a ser reventado. Quería gritar y llorar, sangrar de desesperación y caminar un poco fumándome un cigarrito quizás. El huracán silencioso, jó.

Pero el que tuviera hambre no significaba que no pensara las cosas: mucha hambre, cero efectivo, mucho coraje y problemas externo internos. –Rocío no te comas la sopa por favor, tengo muchísima hambre y tú no aportas nada, es la última vez que lo haces, y cuando regreses no te quiero volver a ver en mi casa. Lo del fin de semana ya no pareció muy gracioso que digamos. –¡Ujuhm!

Omito un trayecto tranquilo y fascinante en el metro, y dos rolas buenas que escuché en el trayecto. Una de Lennon que ya había olvidado por completo. Todo lo que necesito es que me paguen. El mundo me parecía un pinche granuja aprovechado y yo no iba a dejarme.

Salí del metro a toda velocidad, una señora malencarada me dijo ¡fíjese pendejo!; me dio un poco de pena, pero me pareció un buen detalle que me hablara de usted. Qué elegancia carajo, no puede uno pedir más ¿o sí?

Corrí para llegar a tiempo. Como un desesperado, invencible, partemadres, encabronado, malo, patrañas qué. Al poner mi huella digital en el checador todo lo demás funcionó solo, yo sólo vi la película: .-Hola chaparrito, haber si te comportas más al llegar, que son esas fachas, vienes todo sudado y agitado, y tarde además. Y ni me pongas esa cara porque todavía me tienes que entregar los documentos corregidos del martes.

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Sentí la cara hirviendo, comencé a ver como puntitos y me sentí con muchas náuseas. Corrí al baño y abrí la llave. Sólo ese ruido de la llave vacía es inconfundible, esa especie de eructo podrido y oxidado. Sentí un zumbido, enorme ruido sordo; y me fui por la tubería, llené los espacios con toda mi acuosidad en sentido inverso. Me fui por la cañería, recorriendo coladeras, drenajes, hasta que me convertí en río fétido, en la nube que miraba inconsolable el año pasado, fui la lluvia que me mojó cuando llegué tarde a la casa, y la misma lluvia que supe después había mojado a mi hermano cuando se dio el primer beso con su chica.

Mojé poco a poco mi rostro, humecté gargantas y aminoré temperaturas. Salí de mí mismo y me aprisioné a no tener forma, a dejarme tomar por la de la vida y sus curiosas manifestaciones, a recorrer la basura, la tierra, los rostros, ser lágrima que llega a través de cañerías, tubos, ductos y llaves esperando a  ser abiertas. Hay que cerrar la llave porque se desperdicia el agua.

Cuando llegué en la noche a la casa, Rocío no estaba ahí, sólo estaba media sopa Maruchan de camarón con mucho limón en el horno de microondas, el cual tenía pegada una nota de Rocío, una carita feliz sacando la lengua y haciendo un guiño que decía: lo siento, tenía hambre.

Ricardo Pineda

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